Porque el turf es distinto

Me ha pasado y creo que a muchos de mis colegas también, que alguna vez hayamos recomendado a amigos nuestros a ir al hipódromo y volvieron un poco complicados por lo que les sucedió. Me refiero puntualmente a que les pareció muy lindo pero no disfrutaron del juego, es decir que perdieron plata. Claro está que cuando eso ocurre a nadie le gusta, pero siempre les explico la diferencia que hay entre el espectáculo y la apuesta. Comienzo diciendo que al revés de otros juegos en el turf es necesario estudiar para acertar y esto suele ser un motivo de polémica porque la respuesta es que precisamente van a jugar para no pensar y algo de razón tienen. Acostumbrados a que una bolita ruede sobre el cilindro de una ruleta o un número salga a la lotería, o una tecla de una máquina les brinde una ganancia, es posible que no le encuentren al turf algo similar, porque las carreras no son un juego de azar. Para acertar hay que analizar muchos factores y esto requiere estudio, de sus antecedentes, del entrenador, del jockey, de la genealogía del pura sangre, de su estado físico, si está nervioso y sudado en el paseo preliminar, si siente alguna claudicación en su paseo, en fin, de varios detalles que los entendidos toman en cuenta a la hora de sacar los boletos. Esto supone un trabajo que los invitados no quieren hacer porque el principal motivo que los lleva a acudir es distraerse de la rutina diaria. Y es entonces cuando nos cuesta convencerlos de que vuelvan.
Y es cierto, para poder intentar salir contentos y con ganancias los apostadores deben estudiar y para eso tienen también la ayuda de las publicaciones que aclaran las chances de los caballos en cada carrera. Hay que quemarse las pestañas porque no es cuestión de poder el dedo o hacerle caso a la cónyuge cuando dice «me gusto el blanquito» o «el caballo que pasó me guiño el ojo», aunque esas cosas suelen suceder para justificar que la suerte toca la puerta.
En las carreras es importante todo a la hora de jugar, que hizo el caballo en anteriores carreras, quien es el cuidador, el jockey, si está bien puesto, si está nervioso, etc. etc. Hay que estudiar bastante antes de acudir a una ventana, por eso es tan lindo acertar, porque uno se felicita por lo vivo que es, porque la autoestima sube a los niveles más altos y porque en un instante se cree Gardel.
Todo eso le pone un superávit al acierto, es el fruto de un análisis que agrega un plus a la egolatría del individuo y es típico de un «burrero», como señalan los críticos.
Claro está que también tienen su parte de razón quienes me dicen que no van a las carreras ni a pensar ni a estudiar porque precisamente lo hacen para divertirse y salir de la rutina diaria. Pero por eso el turf es distinto, para generar beneficios (léase ganar) hay que quemarse las pestañas y saber qué animal puede ganar y cual no tiene chapa, en la jerga de los aficionados. Ya sé que no es fácil el acierto pero lo que no tiene es remedio, sin análisis es muy difícil y no se goza tanto cuando el que cruza primero en el disco te permite no solo sentirte bien sino también darte dique con los compañeros de mesa o los amigos.
Esto forma parte también del folklore de las carreras y por eso son tan atractivas, las vivencias tienen una realidad que las diferencia notablemente de otros juegos, además de unir a la gente que no tiene la posibilidad de juntarse con los amigos. Aunque sea para gozarlos.
Norberto Laterza
De Turf Un Poco




















